Luis de Trelles, mediador de canje de prisioneros

En su alma ardía el fuego de la caridad que le hacía decir: “Dichoso sería (pues soy cristiano devoto), si mi gastada vida pudiera salvar una sola vida de mis amigos o mis adversarios, que valen más que la mía…”, (Don Luis de Trelles)

Don  Luis de Trelles poseía el carisma de la misericordia; dotado de un alma  de  sensibilidad exquisita, en toda su vida ejercitó la virtud teologal de la caridad, mediante obras de  humanidad con los pobres, los indefensos y los  marginados por causa de la justicia y esa  actividad caritativa trasfundió toda su vida. Pero hubo un período en el que ejercitó de una manera heroica la virtud de la caridad misericordiosa: fue la tarea de llevar a cabo una actuación de  intercambio de  Canje de prisioneros de Guerra; empresa  llevada a efecto en el quinquenio 1872-1876. Tarea durísima, en la que sus actos alcanzaron muchas veces cotas de virtud heroica.

En esta gesta grandiosa el protagonismo de Don Luis de Trelles ha permanecido semioculto durante casi todo el siglo XX, hasta que 1988 se emprendió la investigación sistemática de la vida del Venerable, con ocasión de aproximarse el centenario de su muerte  (1991). Solo se tenía  noticias imprecisas de la gesta del canjeo, debido a una serie de circunstancias que movieron a guardar  un prudente silencio a todos los que podían divulgar estas gestas, y también porque el Venerable ocultó celosamente sus innumerables obras de caridad.

La revolución que triunfó en 1868, que expulsó de España a Isabel II, comenzó de inmediato a hostigar a los carlistas que habían sido vencidos y a  los católicos, que adrede, se quiso confundirlos.  Ante esta situación, el abogado Trelles comenzó a actuar en los juzgados, y en la prensa como defensor, y él mismo reconoció: “He tenido el honor de defender a  carlistas en los tribunales, obteniendo algunas absoluciones”. También publicó en “El pensamiento Español” colaboraciones defendiendo la unidad católica de España; constituyó y presidió una Junta de Abogados para la protección y Defensa de Carlistas, y él mismo intervino como Letrado en muchos recursos de apelación. En este caso es de admirar la entereza del Venerable, que estaba pasando por el dolor del fallecimiento de su hija María Isabel, un padre  que amaba tiernamente a sus hijos.

Como Diputado, siguió siendo defensor de los marginados y desde los bancos  de la oposición realizó numerosas interpelaciones parlamentarias, defendiendo siempre a miembros de las dos minorías  sociales perseguidas: los clérigos católicos y los líderes carlistas.

Proclamada la Republica (11-02-1873), don Luis, ayudado por don Leopoldo de la Plata,  se dedicó a constituir y presidir una  Comisión de socorro para los presos de guerra que atendía a los dos bandos, pues la guerra iniciada en Abril de 1872, ya había sumado a comienzos de 1873 bastantes prisioneros de guerra a la lista de detenidos antes de la guerra; y don Luis comenzó a actuar visitándolos, obsequiándolos, animándolos y gestionándoles peticiones de indultos totales o parciales.

Canje de PrisionerosFue una actuación admirable, casi increíble, pero  es verdad. Lo recuerda el liberal don Emilio Terrero: “Al principio de esta guerra civil, los  carlistas ponían en libertad a los prisioneros, mientras los suyos eran enviados a Cuba. Ni aún esto hizo a aquellos crueles, ni al ejército liberal o a sus jefes ser más generosos. Eran malos tiempos, pero había canjes confidenciales al  año de la guerra”. Y conviene anotar que todo esto lo hacía el Venerable en 1872, sin abandonar la atención a su familia y su bufete, la expansión  de los Coros, la redacción  de “La Lámpara del Santuario”, la dirección del Centro Eucarístico, ni  la atención a las Iglesias pobres.

Eran tiempos  caóticos y confusos, en los que los personajes  de la política permutaban de partido, cada uno buscando el mejor puesto, y donde no cabían las personas honestas. Por eso consideraban peligrosa la libertad de Don Luis, y en consecuencia el ministro de la Gobernación dictó orden de detención del Venerable, por su condición de Carlista. Y don Luis, como siempre, ofreció estos sufrimientos al Señor, soportándolos en el silencio. La detención duró algún tiempo, y en la cárcel escribió un  hermoso artículo para “La lámpara del Santuario” (1.05.1872), titulado: “Consideraciones de un preso acerca del Santísimo Sacramento del Altar”, en el que expresó sentimientos conmovedores: “A primera vista, parece que no se halla relación alguna entre la santa Eucaristía y la situación de un  preso, y entre las circunstancias en que se hallan respectivamente el Santísimo Sacramento y el encarcelado. Pero penetrando  con la consideración, hay una  afinidad entre uno y otro que no puede ocultarse. […] Sí, Dios mío, vos estáis también preso por amor  en  la Hostia Consagrada…Preso por amor y por voluntad…sois el consuelo de los que están encerrados por orden de los tribunales…

Fue entonces cuando don Luis trató de buscar un salvoconducto que le permitiera moverse con libertad para  gestionar la liberación de los presos políticos carlistas, mediante canjeo  por presos liberales. Y el Venerable mantuvo una entrevista con el General José Gámir Maladén, tratando de convencerle de la necesidad de organizar un intercambio equitativo de prisioneros entre los dos ejércitos combatientes, que evitara sufrimientos innecesarios a muchos soldados españoles  de ambos  bandos. El General, un liberal honesto, héroe condecorado en la guerra de África de l859, colaboró con  Trelles, siendo mediador con el gobierno republicano al comienzo de las acciones de canjeo. Los procesos fueron muy complejos para gestionar los canjes de cada grupo en distintos lugares y en situaciones de cambios constantes.

A partir de aquel acuerdo, habiendo obtenido el salvoconducto del Gobierno, don Luis, con gran capacidad ejecutiva, comenzó las gestiones para efectuar los canjes. Entre diciembre del 73 y enero del 74, se acordaron los procedimientos, y ya, sin más comenzaron a funcionar  los dos comisionados, y así se inició el descomunal esfuerzo que realizó el Venerable, como comisionado Carlista de Canjes de Prisioneros, los cuales  comenzaron en febrero de 1874 y se desarrollaron durante un año por dos personas: don Luis de Trelles y don José Gámir. D. Luis era el promotor de la idea y responsable de su resultado, y en estas condiciones comenzó a realizar su caritativa obra, consiguiendo más éxito del que cabía esperar. La primera lista de prisioneros la envió el 5.02.1874 y nombraba a 511 prisioneros carlistas que se habían de canjear por otros tantos republicanos. Y siguieron otros grupos en diversos lugares: Portugalete, Burgos, Valencia, Asturias, Logroño…

Se sucedieron días de tensión, cuando la república estaba en decadencia, y el último gobierno republicano impuso el destierro a don Luis, el cual fue obligado a alejarse de Madrid. Finalmente el destierro se resolvió gracias a un acuerdo entre los dos gobiernos.

El 1-01-1875 se estrenó el reinado de Alfonso XII, triunfando el bando liberal y el Venerable consiguió un objetivo importante al poder hacer llegar a los canjeados a sus pueblos y comunicar con sus  familias. Gracias a  las negociaciones llevadas a cabo por don Luis con el director de la Compañía de Ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante, se consiguió regularizar el servicio de trenes en  aquel teatro de operaciones.

Animado por el éxito conseguido, Trelles propuso al Gobierno recién constituido el texto de un Proyecto de Convenio de Canjes, cuyas reglas debían respetar los dos bandos en las operaciones de canjes de prisioneros. Se publicó el texto con el título “Comisión de Defensa y Amparo de Prisioneros Carlistas”, y después de muchos intercambios fue aceptado el Convenio.  Se formalizó la firma el  18.02.1875. Dicho Convenio se se puso también en práctica durante la I Guerra Mundial; adelantándose en más de 50 años al convenio internacional de Ginebra en 1929, sobre prisioneros de guerra.

Sin embargo en la aplicación del Convenio surgieron innumerables obstáculos, que obligó a don Luis  a moverse continuamente  de un campo a otro, haciendo gestiones, y conversando con distintos políticos ya que  se ponían continuamente dificultades y en medio de  tantos trámites se cometieron diversos fusilamientos, que provocaban represalias por el bando contrario. Fueron tantas las trabas que se pusieron por parte  de los diversos bandos que el  Convenio estuvo a punto de verse roto.

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Monumento erigido en Viana (Navarra) en el lugar en donde se realizó el canje de prisioneros en 1875

El canje de prisioneros más  espectacular fue el del Norte, efectuado el 16 de junio de 1875, en el que se canjearon 734 carlistas y 786 liberales en  Viana (Navarra). Siguieron nuevas gestiones para intercambio de prisioneros, pero el Gobierno se propuso endurecer las condiciones de canjes, emitiendo un Decreto de medidas de guerra que estaban en abierta contradicción con el derecho de gentes, por lo que don Luis usó de todas sus dotes de persuasión para que se cambiaran esas condiciones. Pero el Gobierno se mostraba cada vez más inflexible y el Venerable fue visto como un estorbo. Se le llamó al Ministerio, se le retiró el salvoconducto y se le conmutó por una orden de destierro de Madrid, y se hizo publicar en la prensa un suelto difamatorio, intentando desacreditar al Venerable.

Fue desterrado a Estella (Navarra), siendo objeto de injusto tratamiento, que le impulsó a escribir al General Goicoechea: “Dejo a su buen criterio las tristes consecuencia de aquella resolución (del destierro), que me coloca aquí en situación poco agradable, con mis negocios abandonados, mi familia huérfana de recursos, y detenido indefinidamente […] Pero en el entretanto dejo a Vd. conocer lo que necesito de su mediación para traer cosas de Madrid, para escribir, para arbitrar desde aquí medios de proveer a mi familia y sobre todo para salir de tan crítica situación. No sé como ha de ser, pero Dios lo ha de arreglar todo, aunque hay momentos que me aplana  lo que pasa… ” (8-9-1875).

Don Luis pudo regresar a Madrid, una vez alzado el destierro el 22-10-1875, y la primera gestión importante que realizó fue ocuparse de los prisioneros heridos que yacían en las enfermerías en los depósitos de Zaragoza, Alicante, Mahon, Isla del Rey, Madrid y Camprodon.  Y en seguida realizó otro cometido importante: firmar el 5-11-75, un “Convenio de Canjes adicional al de 18-2-75”.Este convenio fue firmado por  don Luis de Trelles y don José Goicoechea, como comisionados de canjes, lo cual constituyó un momento de gozo para el Venerable.

Pero en aquellas misiones, eran pocos los días bonancibles y muchos los tormentosos, pues el Gobierno manipulaba los acontecimientos y actuaba en contra de lo convenido, y don Luis veía restringidas sus iniciativas, pero a pesar de todo él siguió con su labor caritativa, intercediendo para que se mejorasen las condiciones de los enfermos y la triste situación de los prisioneros. Todas estas actividades coincidían  con el problema familiar de la enfermedad de su hija María del Espíritu Santo que el Venerable soportó heroicamente.

El 28-02-1876, los carlistas fueron derrotados y la guerra concluyó con la victoria de Alfonso XII. Pero don Luis no cesó en su empeño y como seguía habiendo presos, él se sentía responsable de gestionar su liberación, porque su caridad cristiana le empujaba en su  misión de redentor de cautivos. En su empeño de trabajar  por  ayudar a los privados de libertad, ya que no había lugar para los canjes, dirigió numerosos escritos  al Gobierno, intercediendo por los prisioneros, y no fueron atendidos. Pero el Venerable no cesó en su empeño, intercediendo  en todo momento por los que sufrían  prisión. Aunque de forma oficial cesó en su cargo de mediador, ya que el  último documento es de  25-08-1876, toda su vida continuó ejerciendo la defensa e intercesión de cualquier marginado.

En la empresa de  canjes de prisioneros, el Venerable ejercitó la caridad de una manera heroica, consiguiendo salvar gran número de vidas humanas de la expropiación, del destierro, de la prisión o del fusilamiento. La investigación de la labor llevada a cabo por don Luis, ha sido una tarea muy laboriosa y según los cálculos y  averiguaciones, superan con creces los 20.000. Todo esto  lo hizo  a costa de ingentes sacrificios, viajes,  intercesiones, súplicas. Sufrió incomprensiones, injusticias, envidias, destierros.